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Itinerario
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En aquel tiempo tuve que reordenar mi vida a partir de decepciones, pérdidas y melancolía. Me daba cuenta que el arte, tan importante para mi podía ser un oficio fútil y banal. Sabía que desde y por él podía tomar posición, proponer belleza y simbolizar sentimientos, cristalizándolos para mí y quizá para los demás. Podía tomar posición e incluso incitar a la reflexión de quien estuviera dispuesto a recibir la obra pero todo eso no era mas que una puesta en escena, una propuesta más o menos convincente.

No había entonces una meta, un santo grial, una verdad absoluta a la cual acceder. Veía en mi oficio un derrotero incierto (tal como lo veo ahora) y que solo podía representar y explotar el itinerario de ese recorrido, mezcla de ingenuidad y experiencia, sin posibilidades de resolver su sentido.

Supe también que era uno más, ningún elegido, y que por más dedicación y voluntad no podría alcanzar, en arte, la utópica piedra filosofal que se nos presentaba como un término en nuestro oficio. ¿Acaso era mi entera culpa haber creido y luego decepcionarme cuando en el lenguaje que orbita alrededor del arte se recurre a toda clase de muletillas místicas, metafísicas, oscuras e incluso mesiánicas?

La gloria de un artista, tan ligada para él al objeto de su arte, no dependía ya del virtuosismo, tantos siglos visto como un regalo de Dios, ni de la proposición de una verdad sino que era, un poco lejos del trabajo en su estudio, un producto de la política y del mercado. Una estrategia.

Nunca tuve grandes problemas para relacionarme pero ninguno de mis amados amigos era un mecenas o podía ubicarme en el parnaso de los elegidos. No tengo, por otra parte, ninguna facilidad para la política, tampoco me agrada. El partido de los demás no es el mío. La política como el arte, en abstracto, es una composición de idealismos pero los hombres buscan tan sólo el poder y el camino hacia esa ideal y abstracta meta es fácilmente desviable.

Hasta ahora no he podido acceder al mercado, lo veo como algo difícil, competitivo, alejado de la inspiración y de las divinas musas que ingenuamente esperaba encontrar. Aún me molesta de él que lo que el mundo ve, en su lenguaje e intercambio, incluidas mis obras, son productos, simple mercadería. La obviedad que se me revelaba era que el artista más valioso era el que se cotizaba mejor en la bolsa del arte, el más encumbrado, el promocionado por un gobierno, el que se codeaba con las clases altas, el más distinguido. Sentía, a partir de esta visión, que el arte no era más que un espectáculo montado alrededor de los poderes. Tenía envidia de aquellos artistas del pasado que dedicándose como yo al mismo oficio de crear, poseían, como instancia superior, el consuelo de que trabajaban para Dios a pesar de que el despótico rey o el díscolo mecenas estuviesen de por medio.

En la búsqueda del sentido de mi voluntad y de mi inclinación encontraba que mis esfuerzos formaban parte del absurdo, de un mundo hecho por los hombres, con valores en pugna creados entre los hombres y que las verdades se sucedían en turno como modas esporádicas.

Es verdad que el arte, quizás a pesar de sí mismo o de los deseos del artista, da forma en cada época al contenido de las creencias y es, en su extensión, un mapa del ser y de su historia. No es poco viéndolo a la distancia pero, desde más cerca, para un artista, un aprendiz de demiurgo, sentirse uno más, un cartógrafo entre tantos, dentro del inmenso instituto cartográfico del arte era algo que no coincidía con mis pretensiones. Por otra parte el mundo y la vida estaban allí afuera, eludiendo los mapas y absorbiendo a los cartógrafos dentro de su laberinto.

Ahí se encontraba otro de mis problemas. Un aspirante al arte se educa alrededor de la historia del arte y leyendo las biografías de los artistas. Obtiene allí sus arquetipos, se contrapone y se compara. Busca ubicarse entre las páginas que lee para encontrarse y creer. Pero qué podía ser de mí, viviendo en un país marginal, con una nacionalidad exótica y que para buscar la consagración debía coquetear y exilarme en algun centro mundial muy posiblemente bajo la cucarda de "artista latinoamericano". Todo para que con los años y con suerte pudiera atraer el amor de un historiador que me dedicara... ¿un renglón?, ¿una página?, ¿un libro?.
Puede ser un regodeo colosal leer sobre uno la tarde de la aparición del ensayo pero aun alcanzando los niveles de la bibliografía de Picasso ¿Eso qué podia representar?. El malagueño, el consentido del siglo, el negocio de los editores, volaba en las alturas proyectando su sombra sobre los demás artistas. El ya estaba lejos de ser un hombre, era "El Artista", marca registrada, un emblema, un sello, un dios. Habia que alcanzarlo, rozarlo, destronarlo si era posible, acompañarlo si no habia mas remedio. Sentarse a regañadientes entre Pollock, Basquiat, Matisse y otros tantos (por no nombrar a los antiguos), esperando de la humanidad "un juicio más justo y definitivo". Es la gloria lo que esta en juego. ¿Y ese era el motivo de nuestros desvelos? ¿Imponerse sobre los otros? ¿A eso podíamos resumir nuestra condición y meta?.

Una antigua teoría filosófica desarrollada en Alejandría sostenía que el origen de los dioses no era otra cosa que leyendas sobre remotos héroes, hombres singulares que desde épocas oscuras habian sobrevivido en la tradición oral, ascendiendo y cobrando dimensiones olímpicas.
Descreimiento mediante, mucho de aquel mecanismo de deificación sobrevive en nuestros deseos, competimos por nuestra inmortalidad aun cuando para la muerte y el tiempo poco de eso cuenta. Sin embargo encuentro en nuestros deseos (y también en nuestro destino) no solo un lado sombrío sino que en su ambiguedad persiste un afán de redención, la necesidad de que se cumpla la promesa de bienaventuranza que "alguien" nos hiciera antes de nuestra infancia.

Ante el panorama que se me presentaba ¿Qué podía esperar del arte? y lo que era mas importante: ¿Cómo mantener cierta cordura y felicidad con o sin él? Lo primero era prescindir de los grandes anhelos, de los fines olímpicos. Separar lo que era la historia del arte del arte e hilando más fino, separar lo que era considerado arte de mi trabajo. Necesitaba rescatar lo que el arte en sí, lejos de las opiniones del publico culto o snob, el único que opina sobre arte, podia ofrecerme: instrospección, compañía, conocimiento, poesía, temple...y conservar junto con todo eso, como otra recompensa, el placer que resultaba de concretar algunas obras.

Volvía sobre lo mismo y repasaba mis alternativas. La política (a diferencia de mi política singular) estaba definitivamente fuera de mis capacidades. No podía, como ésta muchas veces lo exige, relegar mis simpatías solo por seguir intereses económicos o de prestigio. Debía, en ese sentido, reconocer al arte como a un albur si este lograba conducirme a una tabla de posiciones o de reconocimiento social que logran algunos artistas con su trabajo.
Entre mis amigos ninguno habia progresado económicamente al punto que pudiera ayudarme, y el mercado, ahí estaba, impávido e indiferente siendo con mis treinta años un total desconocido para él.
Sabía que de algo tenía que vivir y aun así lo miraba de soslayo. Con mis ideas románticas temía que mi sustancia poética se volviera prosaica con solo cruzar el Rubicón de las galerías y los marchands.
En cuanto a lo que llamaba vocación continuaba siendo para mí un misterio. ¿Una necesidad profunda y vital? ¿Una neurosis? Era para mí una gran ayuda en mi tarea de vivir pero a veces deseaba que no dependiera tanto de su presencia mi salud y mi paz. Al dedicarme al arte sentía que domesticaba una bestia personal.

Las divinidades del mundo, ya sean inspiradas por la fe o por la razón, se abusan de nuestra incomprensión y de nuestra pobreza para incrementar su fuerza. El juicio que tenía de mis imagenes estaba relacionado con esta visión. Las tenía por miserables cuando sufría, con respecto a mi vida y a mi obra, por la falta de cálidos entes superiores y veía con tristeza que la "imagen sagrada" a la que me hubiera gustado acceder no existió mas que ingenuamente en contados períodos religiosos.

He mantenido, así y todo, cierto espíritu religioso a pesar de que siento la ausencia de una fuente de inspiración y conservo conmigo cierta utopía de humanidad. Mis imágenes son en muchos casos metáforas (o despojos de metáforas) de un más allá. Quizas porque exploto en mí y en los demás deseos y curiosidades humanas o quizás porque una pesada presencia de la realidad me lleva a eso.

Las siento mediocres cuando, dentro de un escueto ateísmo, me prefiguro el fárrago de producciones desmedidas que a diario escupe el mundo. Sólo cuando estoy creando consigo con el entusiasmo, palabra teológica si las hay, el beneficio de la riqueza. Pero en general no veo más valor en las imagenes ya realizadas que el pretexto que me conduce a realizar una nueva idea.

Encuentro al arte tan relativo que le otorgo a mis imágenes la misma condición. Como consuelo tengo que si no consigo el éxito que nuestra profesión le brinda a unos pocos, los contados espectadores que se sientan atraídos por mi obra, la querrán por lo que ella tiene para ofrecer. Ahora bien, si la diosa fortuna rodea un día con su mano mis sienes, las multitudes cultas observarán con simulado o genuino éxtasis más mis laureles que mi obra y yo gozaré del abrigado y displicente arrullo de la fama.

Ral Veroni
Febrero de 1997

 
 

 

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